El antiguo protocolo imperial nipón decreta que es necesario dirigirse al emperador con “estupor y temblores”, sobrecogido ante su divina majestad… Esta fórmula siempre le hizo mucha gracia a la escritora belga Amélie Nothomb, y la utilizó para titular su novela más famosa, de la que hablaré hoy un poco en esta nueva niponofilia. Amélie Nothomb [...]


El antiguo protocolo imperial nipón decreta que es necesario dirigirse al emperador con “estupor y temblores”, sobrecogido ante su divina majestad… Esta fórmula siempre le hizo mucha gracia a la escritora belga Amélie Nothomb, y la utilizó para titular su novela más famosa, de la que hablaré hoy un poco en esta nueva niponofilia.

Amélie Nothomb es una escritora muy prolífica, tal vez demasiado. Afectada por el síndome Woody Allen de “cada año hay que sacar una película”, la Nothomb publica una o dos novelitas cortas al año, la mayoría de ellas bastante regulares. Sin embargo, de vez en cuando publica alguna auténtica joya, generalmente cuando se centra en aspectos autobiográficos… Y es que la vida de esta mujer ha sido siempre bastante complicada, plagada de traumas que la han llevado a tomar decisiones tan incomprensibles como llevar sombreros de este calibre:

Amélie (nombre auténtico: Fabienne) Nothomb nació en la ciudad japonesa de Kobe en 1967, hija de padres diplomáticos, y vivió allí los primeros cinco años de su vida, que le marcaron ya para siempre un profundo amor por Japón y su idioma. Escribió sobre su experiencia infantil en el recomendabilísimo libro Metafísica de los tubos, autobiografía narrada en primera persona por un bebé de cuatro meses (!). Después, con pocos años de diferencia, estuvo viviendo en China (ver El sabotaje amoroso), los Estados Unidos (ver Autobiografía del hambre), Laos, Birmania y Bangladesh, con lo que siempre tuvo complicado echar raíces en algún sitio. Tal vez por eso se ha considerado siempre, en cierta forma, japonesa… Y por eso, ya adulta, quiso ir a trabajar a Japón en cuanto tuvo la oportunidad.

O, dicho de otro modo, en el prólogo de la película filmada sobre la novela por el director Alain Corneau:

La experiencia de trabajar como intérprete durante algo más de un año en una empresa nipona fue un absoluto fracaso, una pesadilla plagada de humillaciones, malentendidos y miseria humana; un increíble descenso a los infiernos en el que vio los peores aspectos de la hipocresía y rigidez de costumbres del mundo empresarial japonés… Lo que suelen hacer los escritores con las vivencias horripilantes es sublimarlas: ponerlas por escrito y ver cómo del peor fracaso puede surgir algo hermoso. Y eso es exactamente lo que hizo Amélie con su fugaz fracaso laboral nipón: escribir la pequeña maravilla llamada Estupor y temblores.

Es un libro muy corto, que se puede devorar tranquilamente en una tarde ociosa. Está escrito de forma ágil, amena, fluida y sencilla (que no simple), con un sentido del humor increíblemente cínico y una mezcla de desesperación, amargura, resignación y tristeza que resulta, paradójicamente, bastante cómica…

Podría creerse que este libro es un furibundo ataque a Japón y sus costumbres, y de hecho, desde el equivalente a la patronal japonesa ya se alzaron voces criticando el libro y describiéndolo coloridamente como “un informe montón de mentiras”… Pero la realidad no es tan sencilla como eso. Los aspectos más exagerados del libro se explican si tenemos en cuenta que en el fondo el libro es una farsa paródica: lo que denuncia está realmente allí, pero la autora lo enfoca con una lupa para que lo veamos mejor.

Por otro lado, lo más importante de la novela es entender que no destila odio, sino amor. Se hace evidente en la lectura que la Nothomb siempre ha amado Japón, el país, su cultura, su lengua, sus habitantes: eso mismo la hace reaccionar con más  furor ante los aspectos más injustos de su sociedad. Nothomb critica algo que ama.

Esta ambigüedad se materializa y se hace evidente en la relación que la protagonista de la novela establece con su inmediata superiora: la hermosa y fría Fubuki Mori (literalmente “Bosque bajo la tormenta de nieve”). Es una relación casi sadomasoquista (ejem ejem), que mezcla a partes iguales admiración, odio, rivalidad, desprecio, amor y obsesión…

Como muestra, he aquí un párrafo en el que la narradora afronta la ira de su jefa:

Querida tempestad de nieve, si pudiera, sin demasiado esfuerzo, convertirme en el instrumento para proporcionarte placer, sobretodo no te molestes, acométeme con tus copos ásperos y duros, con tu granizo tallado como pedernal, tus nubarrones tienen tanta rabia que acepto convertirme en la pobre mortal perdida en la montaña sobre la cual descargan su cólera, recibo sin rechistar sus miles de perdigones helados, nada me resulta tan fácil, y tu necesidad de cortarme la piel con ráfagas de insultos constituye el más hermoso de los espectáculos, disparas con cartuchos de fogueo, querida tempestad, me he negado a que me venden los ojos frente a tu pelotón de ejecución ya que hacía mucho tiempo que ansiaba contemplar un atisbo de placer en tu mirada.

Ahora a ver quién me niega la componente bedesemera de este párrafo… :)

Os dejo con el trailer de la película que comentaba un poco más arriba, y que salió a los cines en el 2003. Lo cierto es que no la he visto, así que no sé qué tal es la adaptación: por de pronto el casting, por lo que se ve en el trailer, me parece bastante correcto (aunque yo hubiera puesto aún mucho más gordo al diabólico vicepresidente Omochi). Con esto me despido hasta la próxima niponofilia…

Posted in Niponofilias Tagged: Japón, Literatura, Niponofilias

Posted: 2009-08-02 10:34:48Author:nidodelescorpion